“Los Juegos Olímpicos sintetizan todo lo que está mal hacer desde lo epidemiológico”

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Dos especialistas argentinos en el frente de batalla contra el coronavirus advierten el riesgo de organizar Tokio 2020 el año próximo aún sin vacuna.

La mayoría de la población mundial comprendió que el coronavirus llegó para quedarse. Miles de millones aprendieron a la fuerza, 15.400.000 se contagiaron, 9.350.000 se recuperaron y 630.000 han muerto. La circulación global del COVID-19 llevó a declarar el estado de pandemia y se cerraron las fronteras. Todo es ensayo y error. Cambiaron los síntomas, cómo considerar cada caso, cómo administrar las fases del aislamiento y el trabajo en pos de un tratamiento y una vacuna que a futuro permitan vivir con este virus. En este marco de incertidumbre, el Comité Olímpico Internacional y el Comité Organizador ratificaron que Tokio 2020 se llevará a cabo dentro de exactamente un año: del viernes 23 de julio al domingo 8 de agosto de 2021.

Ahora bien, ¿por qué tanta certidumbre en este panorama desolador? ¿Es solo optimismo o hay señales evidentes de relajo a futuro? ¿Llegará a tiempo la vacuna? En ese caso, ¿para qué servirá? ¿Es conveniente semejante cita con 150 mil acreditados y millones de personas circulando entre sedes, entrando y saliendo de Japón? Dos infectólogos que están en la primera línea de batalla contra el virus fueron consultados por Clarín y reflexionan sobre estas preguntas.

“Desde el punto de vista epidemiológico, los Juegos Olímpicos sintetizan todo lo que está mal hacer, porque se generará una circulación global enorme para un solo evento. ¿Cómo se hace para manejar y controlar a tanta gente? ¿Y si hay un brote que haga colapsar el sistema de salud japonés? “Pensar hoy hacer esto es una locura. Nadie sabe qué puede pasar en el futuro con claridad. Siendo realista, no es factible que se pueda hacer con total tranquilidad”, sostiene Martín Hojman, infectólogo del Hospital Rivadavia.

A su vez, Esteban Couto, colega del Instituto Nacional de Medicina Tropical, con sede en Puerto Iguazú, analiza un panorama menos desolador pero igualmente de extremo cuidado, teniendo en cuenta el estado de situación, el desarrollo de las vacunas y la circulación. “Los datos epidemiológicos son innegables: los eventos que congregan más gente son grandes amplificadores de la circulación del virus. Cuanto mayor es el flujo de gente, más chances hay de que circule. En este sentido, llevar adelante los Juegos Olímpicos genera un altísimo riesgo. Es difícil aseverar que exista una vacuna para ese momento, pero si se llevan adelante requerirán mucha decisión para aislar y vigilar”, asegura.

Y lanza una advertencia a tener en cuenta: “De movida, la Villa Olímpica no puede existir. Tener a miles de atletas y entrenadores conviviendo cerca y en el mismo comedor hará más complicado todo. Sería más seguro aislar a los atletas por deporte y tenerlos en hoteles cerca del estadio. Así, si hay un brote en un deporte, no se arruinarían los demás”.

Quienes estudiaron durante años sobre virus, bacterias, infecciones, epidemias y pandemias son imprescindibles a la hora de opinar. Sobre todo porque no han dejado de informarse al día sobre la evolución del COVID-19, sus secuelas y los posibles tratamientos o vacunas a futuro. El COI habla todo el tiempo de un diálogo constante con la OMS. Su premisa es cuidar la seguridad de todos. La pregunta clave es cómo poder garantizarla en semejante contexto multitudinario. Y sin saber el tiempo que llevará tener en claro la fiabilidad de la vacuna y cómo funcionará la inmunización de quienes se la apliquen y de quienes estén recuperados.

“La especulación es que tal vez una de las vacunas para el COVID se pueda empezar a aplicar en la población, como tiempo récord, entre principios y mediados de 2021. Eso siendo optimista. El gran tema es la producción a gran escala y que la OMS trabaje en asegurar la aplicación de la vacuna en la población más vulnerable y después al resto. Se cree en una proyección de aplicación masiva para fines de 2021”, detalla Hojman.

Su colega Couto explica las fases de experimentación de las vacunas, para entender de qué se habla: “La fase 1 es experimental en animales en general y en pocos humanos, sobre todo para testear las dosis. La fase 2, como pasó con la de Oxford, es probar que generen el efecto necesario en gente sana y que no derive en efectos adversos muy grandes. Habitualmente, se puede demorar entre seis meses y un año para conocer los efectos en las vacunados, en relación a los no vacunados en el estudio. Y se hace en gente joven sana, de entre 19 y 45 años. Recién ahora se comenta que entra en la fase 3 antes de ir al mercado”.

El tiempo es un factor clave y no deberían apurarse los procesos experimentales. “Para saber cuántas dosis tenés que dar de una vacuna, debés experimentar. Quizá debés vacunar a 10.000 personas para saber qué porcentaje se infecte o se muera por el virus, en comparación con los no vacunados. Esos estudios dependen del poder de la vacuna y en general seguís a la gente durante más de un año para sacar conclusiones. El problema de achicar los tiempos es que le quita seguridad a los datos. Por ejemplo, la vacuna del dengue llevó varios años en decenas de países, con decenas de miles de vacunados y comparaciones con los demás”, explica Couto con claridad.

Circula tanta información desde la pandemia que bien vale bajarle el tono o desterrar lisa y llanamente del escenario a lo que sea confuso o no probado científicamente. Al cabo, de la investigación, el desarrollo y la producción científica depende la vida de la humanidad. Está visto.

Una teoría habla de la “inmunidad de rebaño”: que se contagie mucha gente para que tenga anticuerpos. ¿Qué opina Hojman? “La cinética de que la población se inmunice sola a lo rebaño no estaría sirviendo hasta ahora. En la gripe española se tardó dos años -reseña-. Es muy poco probable que pase. Además, hoy no podemos decir que la inmunidad al contagiarse quede para siempre, porque esta enfermedad recién tiene seis meses de vida. Tampoco se sabe si te va a alcanzar con una dosis o con cuántas”.

Couto complementa esta explicación: “El problema con los anticuerpos es que no sabemos cuál es la inmunidad que nos deja. Segundo, que el dosaje de anticuerpos es bastante poco sensible: después de los 3 meses, en muchos casos desaparecen. Con este dato, no hay ningún test que sirva para decir si tenés inmunidad sí o sí. Y tercero es que sabemos que un porcentaje de quienes fueron asintomáticos o enfermos leves no tienen anticuerpos ni están indemnes de volver a contagiarse, o puede también el virus mute a otra cepa”.

¿Tiene sentido que Japón se arriesgue a organizar los Juegos Olímpicos, aun testeando a todos los que ingresen a Tokio o pedir estar vacunado -si existe la vacuna- y armar “burbujas” de aislamiento? “Ponele que testeen a todos y digan que compitan sólo los que tienen anticuerpos. Ya no estarían los mejores y sería medio raro. Pero tampoco tendría sentido vacunar a los atletas, porque hay otras prioridades y grupos vulnerables. Seguramente hay muchísimos intereses económicos y presión para que no se suspendan”, clarifica Hojman, ansioso por volver a la cancha a ver a su Ferro querido.

Couto, de River por herencia, potencia este escenario con argumentos lógicos. “Para evitar amplificar un virus, hay que disminuir el contacto y el flujo de la gente. Por eso a cualquiera que tome un vuelo de 10 o 12 horas, o que tenga escalas de 20 horas en un aeropuerto, siempre se le recomienda vacunarse contra la gripe. Hay que trasladar este escenario a un megaevento como los Juegos Olímpicos”, sostiene.

Deja para el cierre la reflexión que nadie se hace. Porque se piensa en cuándo se volverá al “mundo de antes”, al no poder o no querer imaginar lo que vendrá. “La mayoría de los actores espera volver al mundo que conocíamos. Por eso el COI seguro que no imagina unos Juegos Olímpicos distintos, sino intentar hacer los de siempre, pero en este contexto”, detalla.

Y clava el estiletazo final para el razonamiento individual: “La nueva normalidad es tan difícil de imaginar que nadie quiere imaginarla. Este mundo de una enfermedad que se contagia todo el tiempo sin respuesta provocaría un cambio rotundo de la normalidad. Y es bastante lógico que nadie quiera imaginarse un mundo distópico”