Una mirada retrospectiva al origen de la actividad teatral.
En 1916, en los comienzos de un siglo que todavía no imaginaba todo lo que habría de suceder, el dramaturgo italiano Darío Niccodemi estrenaba “La enemiga”. Era una época de grandes melodramas, de personajes enfrentados por el amor, la familia, el honor, las diferencias sociales y esas pasiones humanas que, a pesar del paso del tiempo, siguen encontrando un lugar sobre un escenario. La obra habría de recorrer muchos teatros y muchas generaciones.
Treinta y tres años después, en Goya, un grupo de hombres y mujeres decidió hacer teatro.
El 29 de agosto de 1949, en el entonces Teatro Solari, aquel grupo presentó “La enemiga”, de Darío Nicodemi. Tal vez ninguno de aquellos fundadores pudiera imaginarlo entonces. Estaban preparando una obra, ensayando escenas, aprendiendo textos, organizando una función. Pero, sin saberlo, estaban haciendo algo más: estaban poniendo la primera piedra de una historia que iba a atravesar generaciones.
Nacía Candilejas.
Quizás aquellos primeros actores repitieron muchas veces las palabras de Niccodemi. Las dijeron en los ensayos, las dijeron detrás del escenario, las dijeron frente al público. Y mientras pronunciaban aquellas palabras escritas para contar otra historia, estaban comenzando a construir la propia.
Hay palabras que nacen en un escenario y, sin que nadie lo sepa, están destinadas a viajar mucho más lejos que la obra que las contiene.
Hoy, 77 años después, podemos imaginar que aquella primera palabra todavía está llegando hasta nosotros.
Llegó atravesando el tiempo de aquellos primeros actores a los que vinieron después. De ellos a los que hoy siguen encendiendo las luces, aprendiendo un texto, levantando un telón, ocupando un escenario. Y también llegó a los niños, a los jóvenes, a los adultos, a los actores, directores, técnicos, socios y espectadores que hicieron y siguen haciendo “Candilejas”.
La palabra no se apagó, se transformó en teatro.
Y quizás allí esté la verdadera historia de este teatro: no solamente en las obras que se representaron, ni en los escenarios que se ocuparon, ni siquiera en los nombres de quienes pasaron por ellos. Está en algo mucho más sencillo y más difícil de explicar: en la decisión de seguir… Cuando termina una obra, cuando cambia una generación, cuando se cierra un telón para volver a abrirlo unos días después.
El teatro siempre necesita de alguien que vuelva a encender la luz.
Hay una frase que acompaña a este teatro y que, después de tantos años, parece explicar perfectamente aquello que quizás aquellos primeros fundadores todavía no podían imaginar:
“Nuestra misión consiste en despertar cerebros y emocionar corazones”.
Despertar. Emocionar.
Dos acciones profundamente teatrales.
Y también dos razones por las que una historia puede durar 77 años.
Aquellos hombres y mujeres de 1949 no sabían hasta dónde iba a llegar aquella primera función de “La enemiga”. No sabían cuántas voces iban a decir después sus propias palabras, ni cuántos actores subirían a ese escenario, cuántos espectadores ocuparían las butacas, cuántas historias serían contadas, cuántas generaciones encontrarían allí un lugar para jugar, crear, pensar y emocionarse.
Se encendieron las candilejas.
Y nosotros, 77 años después, seguimos viendo su luz.
Quizás esa sea la palabra que aquellos primeros actores nos dejaron sin saberlo: seguir.
Y mientras haya alguien dispuesto a decirla sobre un escenario, Candilejas seguirá encendida.
Dirección de Prensa – Municipalidad de Goya

















